Una de las cosas con las que siempre soñé era vivir el fútbol en América Latina. Cualquier amante del deporte rey habrá delirado con estar en un Boca-River, ver al Santos o a Vélez en directo. Yo ayer lo vi. No estuve en la mítica bombonera, pero sí en la Casa Blanca de Quito, en la semifinal de la Copa Sudamericana entre Liga Deportiva Universitaria de Quito y Vélez Sarsfield, de Argentina.
Acostumbrado a presenciar el fútbol en santuarios como el Camp Nou, la Casa Blanca puede decepcionar. Sin embargo, es todo lo contrario. En la Casa Blanca no hay humo de puro, ni abrigos de cuero, ni voces roncas cagándose en la madre de Keita, ni rajando del presidente, ni aplaudiendo tímidamente cuando Messi hace una obra maestra. No, aunque uno pueda ser del Barça a matar, como es el caso. En la Casa Blanca, a uno le dan mucho menos y devuelve mucho más.
En un lugar donde la mayoría de la población tiene escasos recursos, ir al estadio es un lujo. Ayer estaba lleno, y cuando esto ocurre es porque vale la pena, e inmediatamente sabes que la gente lo va a aprovechar. Arranca el partido en el pequeño coliseo que arde con 30.000 gargantas gritando su amor a la institución futbolística con más casta de Ecuador. A un lado, la muerte blanca, la barra brava (o ultras) de la “U”, como también se conoce a los quiteños, que no para de botar al ritmo del tambor y la trompeta.
Ellos, formados con el Colo-Colo chileno, son los directores de orquesta del estadio, tienen la batuta y no cesan ni un solo segundo de los 90 minutos, sin contar los posteriores a la victoria, hasta que todo el mundo se ha ido. Cuando anota el pirata Barcos se encienden de rojo bengala, y gritan más que nunca el “yo te daré”. Suben a las vallas, de 10 metros, y la policía mira. Es como estar en una olla a presión. El ruido es ensordecedor, los golpes de tambor palpitan en el corazón, las trompetas rechinan en el oído y las voces llenan el alma. 1-0.
Los cantos ahora son de agradecimiento. Llega el segundo y se duplican. El frío desaparece de la noche quiteña, el fútbol da calor. Las cervezas han desaparecido al igual que los cigarrillos. Abajo está el pueblo, de pie casi, arriba, desde donde yo lo veo, los ricos, en las “suites”, una curiosa aplicación de los palcos del Liceu a un estadio de fútbol, con nevera y baño dentro, y los asientos afuera. Pero con baño o sin él, todos gritan por igual. No hay puro ni “em cago en la òstia”, solo fútbol, solo pasión, solo corazón. Que viva América, carajo.
